sábado, 1 de mayo de 2010

Microrrelato "El Ángel de Luz"

Hola a todos, éste es el microrrelato que presenté al "Concurso El Violín negro".

La ganadora del concurso fue Noelia Parra, podéis leer su relato aquí.

Espero que os guste mi relato.


El Ángel de Luz / Luces, cámara… ¡Acción!


Por César Sirvent


Christine no puede reprimir una punzada de nostalgia cuando la berlina pasa a la altura de la entrada principal de la Ópera Garnier. Su esposo, el vizconde de Chagny, no se percata del estremecimiento de Christine. Ambos están sentados a bordo de una elegante berlina negra tirada por dos caballos, y atraviesan el Bulevar de los Capuchinos, en dirección al Grand Café, para asistir a una de las primeras proyecciones cinematográficas en París. Hace tan sólo unas pocas semanas, el 28 de diciembre de 1895, se ha presentado como espectáculo público el reciente invento de los hermanos Auguste y Louis Lumière, con gran éxito de crítica.

Los vizcondes no pudieron asistir a la histórica primera proyección, al encontrarse de viaje por el extranjero. Sin embargo, Christine le ha pedido a su esposo acudir a uno de los eventos posteriores. Raoul no sospecha siquiera que la petición de su esposa, a la que solícito ha accedido, encierra un misterio, que ella no ha querido revelarle. Y es que la propuesta de Christine no refleja una natural curiosidad por las maravillas tecnológicas del nuevo siglo que ya casi despunta. No, el repentino interés de Christine se debe a una extraña invitación a su nombre, pero que hace referencia también a “los muy distinguidos vizcondes de Chagny”, presentada dentro de un sobre blanco sellado con cera roja, y sin remite, recibido en su mansión a las afueras de París el día anterior.

Christine contempla la fastuosa fachada del edificio del Teatro de la Ópera, con sus imponentes arcos y columnas de estilo neobarroco. A su mente acuden vívidos recuerdos del tiempo que pasó en ese edificio durante su fugaz carrera profesional como corista, primero, y luego como soprano. Han transcurrido ya quince largos años desde los tristes acontecimientos en los que Raoul y ella se vieron envueltos, relacionados con aquel al que la gente llamaba El Fantasma de la Ópera… aunque para ella su nombre era y sería siempre Erik. “Erik. Mi pobre Erik…”.

El sol se oculta ya al otro extremo del paseo central en aquella primaveral tarde de marzo, haciendo que los árboles y edificios proyecten alargadas sombras.

En ese momento, en un cuarto contiguo al salón Indien del Grand Café, un hombre suspira. Los nervios afloran, haciéndole sentir un hormigueo en la boca del estómago. Ha preparado con meticulosidad su plan, no obviando ni un solo detalle. Y, a pesar del cuidado y empeño puestos en la concepción y la ejecución de los preparativos, no puede apartar de su pensamiento la incómoda sensación de que algún imprevisto, cualquier minúsculo y aparentemente insignificante detalle que no haya sido capaz de anticipar, podría dar al traste con su proyecto. Y eso sería una desgracia. Casi quince años, quince interminables y tortuosos años de sombras y tinieblas durante los que en innumerables ocasiones ha acariciado la posibilidad de volverla a ver… de volver a estar frente a ella, ante Christine, su Christine. Y tantas veces como ha anhelado el reencuentro, otras tantas se ha visto golpeado por la realidad: su dulce amada eligió a Raoul, prefirió a aquel joven apuesto y gallardo. Y él les dejó marchar, les vio alejarse en la góndola, cruzando las tenebrosas aguas del lago formado en los sótanos de la Ópera de París, mientras él se consumía por la tristeza y el dolor de su corazón roto, despedazado en mil fragmentos, del mismo modo que el gran espejo de cuerpo entero que antes había reflejado la esbelta silueta de su amada se había hecho añicos. Y él se había sentido morir.

Y ahora, tanto tiempo después, un acontecimiento extraordinario le ha hecho recuperar la ilusión por volver a contemplar a Christine, por presentarse ante ella, venciendo el inimaginable terror que le oprime el pecho al considerar la posibilidad de que pudiera ser nuevamente rechazado.

Ese acontecimiento ha ocurrido menos de tres meses antes: la noticia del invento del cinematógrafo. En sólo unas semanas, ha aprendido la técnica y los entresijos que encierra ese prodigio de la tecnología. Ha tenido una revelación, concebido un plan espectacular para presentarse, por primera vez en todos estos largos años, ante la mujer a la que anhela y por la que su corazón todavía se empecina en seguir latiendo.

Le ha resultado complejo tener acceso al rollo de película que se va a proyectar esa tarde, pero al fin lo ha logrado. No han faltado tampoco dificultades técnicas a la hora de insertar los fotogramas que él mismo ha rodado, intercalándolos entre los propios fotogramas de la filmación original.

“Persistencia retiniana”, esa es la explicación detrás de las prodigiosas sombras chinescas de los nuevos tiempos, esas imágenes fotográficas en movimiento. Y él, el hombre que ahora se llama a sí mismo “El Ángel de Luz”, ha pensado que tal vez si oculta las imágenes filmadas por él, mezclándolas con las propias imágenes de la película, aquéllas podrían influir no en la visión física, sino en el alma y en la mente de la mujer por la que suspira, y a la que por medio de sus ardides e influencias ha conseguido invitar a esta proyección.

Christine y Raoul contemplan maravillados la película en blanco y negro, que muestra imágenes grabadas del exterior del Teatro de la Ópera y a la gente en la calle moviéndose de una forma un tanto cómica, consecuencia de la velocidad de proyección a dieciséis fotogramas por segundo. En la sala se reúnen una treintena de espectadores.

Acompaña el visionado una música ligera que emana de un piano situado a un lado de la sala. Los acordes melódicos están sincronizados y acompasados
con la acción que se desarrolla en la pantalla al fondo de la sala sumida en penumbras.

El Ángel de Luz ha entrado desde el cuarto contiguo, y se ha sentado al piano cuando ya las luces se habían apagado. Así que Christine no ha podido verle, pero él sí la ha visto cuando aún las luces estaban encendidas. Está bellísima, radiante, y su visión le ha impactado.

Concentrado en la melodía que interpreta y en la escena en la pantalla de proyección, el Ángel de Luz identifica el momento clave, y cambia de forma sutil la melodía, atacando con decisión las teclas del piano.

Christine parpadea. Ha advertido un extraño efecto en la película. Por un instante le ha parecido percibir… pero no, no puede ser. Mira a Raoul, que le sonríe como respuesta, y gira la cara para concentrarse de nuevo en la película. De fondo, sigue sonando la música que sirve de acompañamiento a la de otro modo muda proyección. Y, de pronto, un escalofrío recorre a Christine de arriba abajo, atravesando su médula, helándole la sangre. ¡Aquella melodía…! Hay algo tan familiar en ella. Mira con cara de perplejidad a Raoul, que le devuelve la mirada. Él no parece sentir nada extraño.

El Ángel de Luz repite una y otra vez las notas. No ha sido difícil transponer los tonos de esa melodía que tantas veces ha escuchado y que tanto significa para él. Un cambio de tempo, otro de escala, y el fragmento musical no resultará reconocible más que para un oído refinado y cultivado en el arte de la Música, como es el de Christine, su Christine.

Lanza una mirada hacia ella y, a pesar de las penumbras, cree adivinar su reacción, comprueba con satisfacción que la melodía, y quizá también las imágenes ocultas en la película le han afectado: ha dejado de mirar la pantalla, y escruta con intensidad en su dirección, intentando disipar las penumbras que les separan. Sin embargo, como él presuponía, Raoul no ha advertido nada, ni la melodía por no tener la sensibilidad y experiencia musical de Christine, ni las imágenes escondidas, por ser éstas un refuerzo a la propia melodía.

Christine intenta discernir la silueta del pianista, sentado a varios metros de las butacas en las que Raoul y ella se encuentran, y sumido en mayor penumbra. ¡No es posible!... esa melodía, y la imagen que ha irrumpido en su mente sin saber cómo… la imagen de una caja de música, con forma de un mono tocando unos cimbales. Christine, sintiéndose flotar, tararea e incluso pone letra a la música: “¡Festival! Mascarada en carnaval…”. ¡El Ángel de la Música está allí, no ha muerto como ella pensaba, está en la sala a apenas unos pasos de ella! Christine siente cómo le flaquean las fuerzas, nota que la sangre abandona sus mejillas y lo último que ve es el semblante preocupado de Raoul, que le está diciendo algo. La imagen se funde en negro al tiempo que en su mente se hace la oscuridad.

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